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El propósito de nuestra salvación no es nuestra salvación en sí misma. El propósito de nuestra salvación es la gloria de Dios. “Por amor Mío, por amor Mío, lo haré” —dice Dios a través del profeta Isaías acerca de Su plan de salvación— “Mi gloria, pues, no la daré a otro” (Is 48:11).
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No pospongas la prioridad de la oración. Del mejor modo que puedas, trata los tiempos de oración colectiva como tiempos inamovibles. La primera vez que cancelas una reunión de oración —o faltas a una— no es tan grave. Pero la segunda, la tercera y la cuarta vez empieza a decir algo sobre la prioridad de la oración en la vida de tu iglesia.
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En el primer capítulo de Efesios, Pablo proporciona la perspectiva más amplia posible de lo que significa ser cristiano. Él rastrea los orígenes de nuestra salvación hasta la elección de Dios en la eternidad pasada (Efesios 1:4) y mira hacia adelante a su consumación en las glorias de la eternidad venidera (Efesios 1:10).
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El evangelio es un mensaje acerca de cómo hemos sido rescatados del peligro. La mismísima palabra evangelio tiene como su cimiento la información de un acontecimiento que altera la vida y que ya ha sucedido.
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Las doctrinas de la gracia son un sistema cohesivo de teología en el que la soberanía de Dios se muestra claramente en la salvación de los pecadores elegidos. Este sistema no solo reconoce que Dios reina sobre toda la historia humana —tanto en los pequeños detalles como en los grandes acontecimientos— sino que también lo considera soberano en la administración de Su gracia salvífica.
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El legalismo y el antinomianismo tienen sus raíces en la caída de Adán. Toda la humanidad está predispuesta a estos dos errores morales y teológicos. En consecuencia, han surgido innumerables formas de legalismo y antinomianismo a lo largo de la historia. El legalismo y el antinomianismo son la base de todo tipo de falsas enseñanzas y herejías.