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¿Alguna vez te has preguntado por qué crees lo que crees? Cuando te arrodillas y oras a solas en tu habitación, ¿cómo puedes confiar que Dios escucha todas tus oraciones? ¿De dónde viene esta certeza? Solo viene como resultado de que Dios abre tus ojos con Su gracia a la verdad de quién es Él. Esta fe crea convicción. Esta fe es un don de Dios, un don que Él quiere que recibamos y que disfrutemos.
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La Escritura asume que si verdaderamente hemos experimentado el perdón en el evangelio, estaremos radicalmente perdonando a los demás. En contraste, no perdonar, o tener resentimiento o amargura hacia los demás, es un rasgo muy claro de que no estamos viviendo el gozo profundo ni la libertad del evangelio.
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El trabajo que estamos llamados a hacer es un medio ordenado por Dios a través del cual podemos, de maneras muy tangibles, cuidar la buena creación de Dios, contribuir a las necesidades de los demás y fomentar el bien común.
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Jesús es el Gran Sumo Sacerdote. En él se cumple el simbolismo del Día de la Expiación. Él ofreció personalmente el sacrificio por los pecados del pueblo (Levítico 16:9); pero más que eso, él era el sacrificio. Cristo ofreció no meramente la sangre de los animales, sino su propia preciosa sangre (Hebreos 9:14, 25).
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Rechazar la comida de una dieta especial asignada parece un lugar extraño para que Daniel y otros exiliados judíos marcaran un límite.
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Realmente, el “cómo” discipular no es tan complicado. Se trata de vivir junto a otras personas conforme todos van hacia Cristo. Hacemos amigos y luego los encaminamos hacia Cristo.
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