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La Escritura asume que si verdaderamente hemos experimentado el perdón en el evangelio, estaremos radicalmente perdonando a los demás. En contraste, no perdonar, o tener resentimiento o amargura hacia los demás, es un rasgo muy claro de que no estamos viviendo el gozo profundo ni la libertad del evangelio.
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En la creación original de Dios, todo era bueno. El mundo existía en perfecta paz, estabilidad, armonía y plenitud.