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El cristianismo ortodoxo ha insistido en que la expiación implica sustitución y satisfacción. Al llevar sobre sí mismo la maldición de Dios, Jesús satisfizo las demandas de la justicia santa de Dios. Recibió la ira de Dios por nosotros, salvándonos de la ira venidera (1 Ts 1:10).
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Él es el profeta al estilo de Ezequiel que les habla tanto a los huesos como a los espíritus de aquellos que han caído presa de la maldición del pecado. Él confiere nueva vida a los muertos. Lo que los profetas de Dios realizaron espiritualmente, el Profeta de Dios lo hizo en forma totalmente literal y física.
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El temor del Señor ciertamente puede ser aprendido. Deuteronomio 4:10 declara: “Convoca al pueblo para que se presente ante Mí y oiga Mis palabras, para que aprenda a temerme todo el tiempo que viva en la tierra, y para que enseñe esto mismo a sus hijos”.
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Existen muchísimas formas en que podemos usar nuestros dones y capacidades para el beneficio de otros. Ciertamente, como cristianos, podemos encontrar algo que hacer que beneficie a los demás mientras honramos a Dios, incluso si al final obtenemos un ingreso menor.
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Jesús apareció en el mundo por dos razones. Vino para que no siguiéramos pecando—es decir, vino para destruir las obras del diablo (1Jn 3:8); y vino para que hubiera una propiciación por nuestros pecados si pecamos.
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Las iglesias son embajadas del cielo, a las que Cristo encargó afirmar nuestra ciudadanía celestial.