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El reino es de Dios no porque alguien lo haya ungido, autorizado, elegido o instituido como Rey. Le pertenece porque Él es quien es —y eso incluye ser el gobernante de todo—. Ser Dios es ser Rey: “el Señor es el Dios verdadero; Él es el Dios vivo y el Rey eterno”
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Separada de Dios, la vida humana es incomprensible. Por más que nos esforcemos, nadie puede entender por completo su lugar en este mundo sin conocer al Arquitecto de todo.
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A cualquiera pueden agradarle las cosas cristianas, e incluso puede hacer cosas cristianas, pero ser cristiano en realidad significa creer en el Jesús del Nuevo Testamento, el Jesús que vivió en la historia, el Jesús que resucitó de entre los muertos.
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Una vez que conocemos la historia de Satanás, estamos mejor preparados para entender su actividad presente. Apocalipsis 12:9 identifica a Satanás como el que “engaña al mundo entero”. Él “se disfraza como ángel de luz” (2 Co 11:14) y ciega “el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio” (2 Co 4:4).
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La celebración de la Cena del Señor involucra un tiempo santo de tres maneras distintas. Primero, mira al pasado, instruyendo a los creyentes a recordar y anunciar la muerte de Cristo con esta observancia. Segundo, se enfoca en el momento presente de celebración, en el cual Cristo se reúne con Su pueblo para nutrirlo y fortalecerlo en su santificación. Tercero, mira al futuro, a la esperanza certera de su encuentro con Cristo en el cielo, donde participarán de la cena del Cordero y Su esposa.
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Sobre asuntos no esenciales, deberíamos aceptar las diferencias sin ser desagradables, y asegurarnos de que ninguna de estas cosas nos robe el gozo genuino que es nuestro en el evangelio. Las cosas fundamentales para ser una iglesia centrada en el evangelio nos abren la comunión con personas de todos lugares y trasfondos. Deberíamos esperar e incluso celebrar esta gloriosa realidad.