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Jesús es el Gran Sumo Sacerdote. En él se cumple el simbolismo del Día de la Expiación. Él ofreció personalmente el sacrificio por los pecados del pueblo (Levítico 16:9); pero más que eso, él era el sacrificio. Cristo ofreció no meramente la sangre de los animales, sino su propia preciosa sangre (Hebreos 9:14, 25).
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Rechazar la comida de una dieta especial asignada parece un lugar extraño para que Daniel y otros exiliados judíos marcaran un límite.
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Realmente, el “cómo” discipular no es tan complicado. Se trata de vivir junto a otras personas conforme todos van hacia Cristo. Hacemos amigos y luego los encaminamos hacia Cristo.
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El reino es de Dios no porque alguien lo haya ungido, autorizado, elegido o instituido como Rey. Le pertenece porque Él es quien es —y eso incluye ser el gobernante de todo—. Ser Dios es ser Rey: “el Señor es el Dios verdadero; Él es el Dios vivo y el Rey eterno”
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Separada de Dios, la vida humana es incomprensible. Por más que nos esforcemos, nadie puede entender por completo su lugar en este mundo sin conocer al Arquitecto de todo.
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A cualquiera pueden agradarle las cosas cristianas, e incluso puede hacer cosas cristianas, pero ser cristiano en realidad significa creer en el Jesús del Nuevo Testamento, el Jesús que vivió en la historia, el Jesús que resucitó de entre los muertos.
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