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Jesús apareció en el mundo por dos razones. Vino para que no siguiéramos pecando—es decir, vino para destruir las obras del diablo (1Jn 3:8); y vino para que hubiera una propiciación por nuestros pecados si pecamos.
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Esto es lo que Jesús ora por nosotros en esta Navidad: “Padre, muéstrales Mi gloria y dales el mismo deleite que Tú tienes en Mí”. Que podamos ver a Cristo con los ojos de Dios y saborear a Cristo con el corazón de Dios. Esa es la esencia del cielo.
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Dios no quiere ser servido en una forma que implique que estamos supliendo Sus necesidades u ofreciéndole algo que no es legítimamente Suyo.