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Que la Biblia describa un pecado como “imperdonable” desencadena el temor en los corazones de aquellos que piensan que quizás lo han cometido.
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El cristianismo ortodoxo ha insistido en que la expiación implica sustitución y satisfacción. Al llevar sobre sí mismo la maldición de Dios, Jesús satisfizo las demandas de la justicia santa de Dios.
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Es el deber y privilegio de cada cristiano estar unido a la iglesia de Cristo. También, es nuestra solemne responsabilidad no dejar de congregarnos con los santos en adoración corporativa, estar bajo el cuidado y disciplina de la iglesia, y estar activamente involucrados como testigos en la misión de la iglesia.
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El drama bíblico de la redención se enfoca en la reconciliación, en ponerle fin a la separación entre Dios y Su pueblo. El estado natural de la humanidad caída es enemistad con Dios. Nuestra rebeldía en contra de Su gobierno divino nos coloca en oposición a Dios. Con eso provocamos Su ira, y Su juicio se manifiesta en nuestra contra. Necesitamos desesperadamente ser reconciliados. A Dios el Padre le plació tomar la iniciativa para terminar este peligroso alejamiento y para eso designó a Cristo como nuestro Mediador.