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Los cristianos deben reconocer que todo lo que tienen proviene de Dios, que da todo buen don y que, en última instancia, es el dueño de todo. No somos autónomos. “Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que en él habitan” (Sal 24:1).
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Pablo es claro —desear ser rico es mortal. ¿Cómo podemos protegernos de esos efectos mortales del dinero? Respuesta: con un corazón que esté contento en Dios.