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Jesucristo (a quien los teólogos llaman el segundo Adán) modeló la respuesta correcta de un esposo ante un ataque espiritual. Él nunca renunció a Su responsabilidad de proteger a Su novia, la iglesia (2 Tesalonicenses 3:3). Al mirarlo a Él –Su ejemplo, Su fuerza, Su gracia– amemos a nuestras esposas con un amor protector.
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Dios miró el pináculo de Su creación, el hombre que llevaba Su imagen, y declaró: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2:18).