La mayor motivación para la vida cristiana

El amor de Cristo nos controla

La fuerza que usa la Biblia para motivarnos y permitirnos servir a Cristo es la dinámica del corazón: el amor. Jesús dijo: “Si ustedes me aman, obedecerán Mis mandamientos” (Jn 14:15).

El apóstol Pablo hace referencia a esto cuando dice: “El amor de Cristo nos controla…” (2Co 5:14, NTV). Sin sentimentalismos ni disculpas, nuestro Salvador y Sus mensajeros abogan por la dinámica de un corazón agradecido, el cual es más fuerte que la lógica de mentes calculadoras. La sublime gracia de Dios hacia nosotros produce un amor tan grande por Él que nos lleva a querer agradarle y honrarle. Su misericordia despierta en nosotros una gratitud tan abrumadora que deseamos vivir para Él. El amor nos controla.

¿Hay algo más fuerte que este control? Nada. Y no se trata solo de apelar a las emociones. La motivación humana más poderosa es el amor. Es más fuerte que la culpa. Es más fuerte que el temor. Es más fuerte que las ganancias. ¿Qué hace que una madre regrese a un edificio en llamas? El amor por sus hijos. Ese amor es más fuerte que la autoprotección, la autopromoción o la supervivencia. Un amor así encuentra su mayor satisfacción y realización al proteger, promover y preservar a su objeto. El cristiano cuya prioridad principal sea amar a Dios es la persona con la mayor motivación y capacidad para servir y llevar a cabo los propósitos de Dios.

Aunque hay muchas motivaciones que nos impulsan —y muchas se recomiendan en la Escritura—, el fundamento y la prioridad de todo lo que se hace para Dios debe ser el amor por Él; de lo contrario, nuestra expresión de fe se convertirá inevitablemente en algún tipo de egoísmo que siempre nos dejará insatisfechos. Es por esto que Jesús enseñó que amar al Señor por encima de todo lo demás es el fundamento de nuestra fidelidad a Dios (Mt 22:37-38). Este amor no solo nos capacita para que nuestra satisfacción más profunda esté en agradar a Dios, sino que también es nuestra mayor fuente de fortaleza para hacerlo. Siempre enfocaremos los recursos de nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas en la cosa o persona que más amemos.

¿Cuál es la motivación del evangelio?

¿Qué produce un amor tan poderoso? Eso es fácil de responder. La Biblia dice: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1Jn 4:19). La mayor expresión del amor de Dios fue la entrega de Su Hijo para que sufriera el castigo por nuestros pecados. Es a través del sacrificio de Jesús que somos perdonados y liberados para siempre de los estragos del pecado (Jn 15:13; 1Jn 3:15). Cuando comprendemos la grandeza de esta gracia divina hacia nosotros, la dinámica del amor se activa en nuestro interior. Y entre más percibimos Su gracia, más fuerte es nuestro amor.

Jesús enseñó que al que mucho se le perdona, mucho ama (Lc 7:47). La fuerza de nuestro amor dependerá de qué tanto reconocemos la culpa por nuestro pecado y el infierno del cual Dios nos rescató. Esta es una de las razones principales por las que Jesús y los apóstoles pasaron tanto tiempo advirtiendo a las personas sobre el infierno. Su meta no era asustarnos para que así fuéramos al cielo; la realidad es que eso no funciona, por razones que veremos más adelante. Su intención era llevarnos a apreciar profundamente el rescate eterno que Cristo nos provee. Por Su gracia somos librados de la esclavitud a las pasiones y deseos que nos dejan culpables, exhaustos y vacíos. Como resultado de nuestra liberación, anhelamos aceptar y honrar a nuestro Libertador, y es Su gracia la que nos permite hacerlo.

La mayor motivación para la vida cristiana

Gracia sin límites

Bryan Chapell

Al explicar por qué la gracia es importante y al darnos herramientas para descubrirla en toda la Escritura, Gracia sin límites nos ayuda a ver que el gozo del evangelio transforma nuestro corazón y nos llena de pasión por los propósitos de Cristo.

La dinámica del corazón enciende una devoción que controla y habilita más que cualquier cálculo mental de riesgos y recompensas. Las prioridades de un corazón renovado superan los juegos mentales que convierten el pecado en algo aceptable, aunque sea por una temporada. Cuando la gracia produce amor por Dios en nosotros, Sus prioridades se convierten en las nuestras. Lo que más nos satisface y alegra es servirle y honrarle. Como consecuencia, el apóstol Pablo declara con una confianza sorprendente y transformadora que la gracia de Dios “nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio” (Tit 2:12).

La verdadera conversión

¿Cómo es eso posible? Si la gracia implica que nuestros pecados serán perdonados, ¿cómo puede restringir el mal comportamiento? ¿No crees que la gente dirá: “Bueno, ya que estoy asegurado por la gracia, ¡pequemos!”? La respuesta es que la gracia acerca el corazón de quien la recibe hacia el Dador.

La misericordia y el amor inclinan el corazón hacia las prioridades de Cristo. En un mundo lleno de gracia, las tentaciones no se van y las reglas no cambian, pero los deseos sí. La gracia de Dios cambia nuestros deseos.

Antes de experimentar la gracia de Dios, nuestra naturaleza nos inclina a ser hostiles e indiferentes hacia Él (Ro 8:7). Pero cuando Su bondad y misericordia se vuelven profundamente reales para nosotros, y al mismo tiempo percibimos profundamente que no las merecemos en absoluto, no deseamos nada más grande que amarlo a Él, amar lo que Él ama y a quienes Él ama.

No estoy diciendo que la gracia le quita todo el atractivo al pecado, sino que nuestro amor por él (lo que le da poder al pecado) es quebrantado gracias al amor superior que produce la gracia. Esta dinámica apunta al verdadero poder del cambio en la vida cristiana: a fin de cuentas, lo que más amamos es lo que nos controla.

Puede que un alcohólico odie las consecuencias de su adicción y ame intensamente a su familia, pero en el momento de la intoxicación, el licor es más importante. Puede que una mujer que sea adicta al trabajo ame a sus hijos con devoción, pero su amor excesivo por las recompensas de un trabajo la aleje cada vez más de ellos. Puede que un adúltero le diga a su esposa con toda sinceridad: “Ella no significa nada para mí, te amo a ti”, pero en el momento de la infidelidad, ama más la pasión que a su esposa. Y puede que el cristiano que peca diga con toda honestidad: “Amo a Jesús”, pero al momento de rendirse o rebelarse, ama más al pecado que al Salvador. Al final, somos controlados por ese amor superior.

El cambio real —es decir, el poder real sobre los patrones aparentemente incorregibles de pecado y egoísmo— viene cuando Cristo se convierte en nuestro amor preeminente. Cuando eso sucede, todo lo que le agrada y le honra se convierte en la fuente de nuestro placer más profundo, nuestra meta más alta y nuestro mayor esfuerzo. Honramos a Dios no solo por deber y determinación —ni para aplacar Su ira— sino porque nuestro deleite más grande es agradar a Aquel a quien más amamos. Como resultado, el gozo del Señor se convierte en nuestra fuerza (Neh 8:10).

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Este artículo sobre motivación para la vida cristiana fue adaptado de una porción del libro Gracia sin límites, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

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Páginas 20 a la 24

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