Perdona porque Cristo te perdonó

Perdona porque Cristo te perdonó

Una expresión significativa de nuestro amor por nuestras esposas es nuestra disposición a perdonar sus ofensas contra nosotros, sin importar sin son pequeñas o si ponen en peligro nuestro matrimonio.

Muchas parejas deciden leer 1 Corintios 13 como parte de su ceremonia de boda. Tal vez tú mismo lo hiciste. ¿Recuerdas estas palabras? “El amor es paciente… no se enoja fácilmente, no guarda rencor” (1 Corintios 13:4-5). Cuán rápido olvidamos esos atributos del amor de Cristo cuando nuestras esposas hacen cosas que nos irritan, como dejar las llaves dentro del auto… otra vez. ¿Cómo respondemos cuando nuestras esposas hacen algo que nos molesta? ¿Con palabras iracundas y ofensivas? ¿Levantamos una pared emocional, construida con bloques de amargura? ¿Buscamos maneras de hacerlas pagar haciendo algo que sabemos que las irritará?

Bob Lepine nos recuerda lo que ya sabemos en nuestros corazones: “Frecuentemente, la raíz de la impaciencia es el egoísmo. No tenemos lo que queremos o lo que pensamos que merecemos. No somos pacientes, no estamos dispuestos a sufrir en lo absoluto”. En el centro de la impaciencia hay un corazón egoísta y egocéntrico.

Un amor paciente y clemente

Amar a nuestras esposas como Cristo ama la iglesia implica expresar un amor clemente al ser paciente con las ofensas de nuestras esposas, sean estas ofensas grandes o pequeñas. Si el consejo de Pedro en 1 Pedro 4:8 es importante para el cuerpo de Cristo, ¿cuánto más lo será para el matrimonio? Él escribe: “Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de pecados”.

El pastor Dave Harvey nos recuerda cuán decisiva puede ser la paciencia, pues “implica el reconocimiento claro de que tal vez hayan pecado contra ti, y luego una decisión valiente e inspirada por el evangelio de cubrir ese pecado con amor”. ¿Por qué permitir que nuestra impaciencia continúe oscureciendo nuestros matrimonios y nuestro reflejo del amor de Cristo?

Un amor que perdona

Sabemos que nos casamos con mujeres pecadoras, ¿no? Antes de responder, recordemos que nuestras esposas también se casaron con hombres pecadores. Admitir esa dolorosa realidad debe ayudarnos a no sorprendernos cuando nuestras esposas pequen contra nosotros. Tú y yo somos pecadores que nos casamos con pecadoras. Entonces, ¿cómo quiere Cristo que lidiemos con eso?

El apóstol Pablo aconsejó a la iglesia de los colosenses a tratar las ofensas pecaminosas en la familia de la fe: “De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” (Colosenses 3:13).

¿No pudiéramos nosotros los esposos aplicar el mismo consejo para nuestros matrimonios cuando nuestras esposas pecan contra nosotros? Perdonar a nuestras esposas no minimiza la ofensa. No nos escondemos debajo de una actitud estoica, pretendiendo que no nos duele. David Harvey explica: “El verdadero perdón ve el pecado del otro como el mal que es, trata con ello y luego absorbe el costo de ese pecado con el poder de la gracia abundante de Dios. Perdonar así libera al pecador; la cuenta del pecado es cerrada, cancelada y borrada”.

Cuando perdonamos a nuestras esposas, reconocemos que ellas pueden habernos fallado, pero si bien la justicia demanda que ellas paguen por el sufrimiento que nos causaron, decidimos no demandar pago por esa deuda. Lo dejamos ir. Las perdonamos en amor.

¿Por qué deberíamos perdonar a nuestras esposas por sus pecados contra nosotros?

Seamos honestos. Algunos esposos han sido gravemente heridos por los pecados de sus esposas. He escuchado a un esposo exclamar con lágrimas en su rostro y con una cara de dolor: “Larry… no sabes cuánto me ha herido. Mi alma está llena de heridas. ¿Cómo podría perdonarla? ¿Por qué debería perdonarla? ¡Ella no merece mi perdón! Si la perdono, estaré absolviendo lo que ella ha hecho, y ¡no voy a hacer eso!”.

La razón por la que perdonamos a nuestras esposas no es porque se merecen que las perdonemos. Entonces, ¿por qué?

Perdona porque Cristo te perdonó

El mensaje de Colosenses 3:13 puede ser difícil de vivir, pero es muy claro: “Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”. Muchos matrimonios existen bajo una nube opresiva, la cual bloquea la luz del Hijo, precisamente porque el esposo ha decidido en su terquedad negar el perdón hasta que siente que su esposa se lo ha ganado después de que ha mostrado el suficiente remordimiento. Pero el perdón que brindamos a nuestras esposas cuando pecan contra nosotros no es una recompensa que damos si se ganan que las perdonemos.

La animosidad y el resentimiento pueden atar a un esposo a su orgullo, limitándole que pueda ir donde su esposa con amor perdonador. Y, sin embargo, la única manera de romper esas cadenas es dejar de contemplar el pecado de la esposa y mirar nuevamente hacia el perdón inmerecido que el Señor nos extiende a todos nosotros. “Perdona como el Señor te perdonó”.

El pastor John Piper dice: “Toma la gracia, el perdón y la justificación que has recibido verticalmente a través de la muerte de Cristo y llévala a lo horizontal, hacia los demás. Específicamente, los esposos a las esposas, y las esposas a los esposos”.

¿Cuántas veces he ofendido a mi Señor? ¿Qué si lo he ofendido diez veces por día (¡ya quisiera yo!)? Eso serían 70 pecados a la semana, 3640 crímenes contra el Rey cada año, 36400 ofensas cada década de mi vida. Si bien mi esposa puede que no merezca mi perdón… yo tampoco merezco el del Señor. Y, sin embargo, Él lo dio libremente, clavando mis innumerables ofensas en Su cruz llena de sangre.

Harvey nos da el resultado final: “Los pecadores perdonados perdonan”.

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Perdona porque quieres ser perdonado en el gran Día del Juicio

Justo después de enseñarle a Sus discípulos la importancia del perdón en lo que conocemos como el Padre Nuestro, Jesús advirtió: “Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas” (Mateo 6:14-15, énfasis añadido). Esta sobria advertencia puede incomodarnos, pero no debemos pasar por alto sus implicaciones para mantener bien arreglada nuestra teología. Creo que debemos tomar en serio las palabras de Jesús.

Cuántos esposos amargados y que no otorgan el perdón estarán sorprendidos al escuchar esas terribles palabras: “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!” (Mateo 7:23). Cada esposo cristiano debe preguntarse: “¿Quisiera que Jesús me tratara de la misma manera en que he tratado a mi esposa? ¿Quisiera que Él sea tan implacable conmigo como yo lo soy con mi esposa?”. Yo hablé sobre esto en Walking Like Jesus Did [Caminando como lo hizo Jesús]:

Presentando este doloroso punto a su audiencia galilea, Jesús contó la historia conocida como la “Parábola del siervo despiadado” (ver Mateo 18:21-35). En esta historia, un siervo de un rey no podía pagar una gran deuda que le debía a su señor. Este rey tuvo piedad del hombre y perdonó su deuda impagable. Tristemente, este mismo siervo rehusó perdonar una deuda mucho menor que un consiervo le debía. Cuando el rey escuchó de su dureza de corazón, lo llamó una segunda vez y lo reprendió. “Siervo malo —le dijo—. Yo cancelé toda esa deuda tuya porque me lo suplicaste. ¿No debiste tú tener misericordia de tu compañero como yo tuve contigo?”. Jesús nos cuenta: “Enojado, su señor lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo que debía. Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano”.

Creo que podemos parafrasear este último versículo de esta manera: “Esta es la manera en que su Padre celestial los tratará a ustedes si no perdonan de corazón a sus esposas”. Esto es bastante retador, ¿no es cierto?

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Este artículo Perdona porque Cristo te perdonó fue adaptado de una porción del libro Amando a tu esposa como Cristo ama a la iglesia, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

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Páginas 167 a la 177

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